La vecina a la que no debí escribir
Todo empezó con un mensaje pasada la medianoche. Cuando llamó a mi puerta, los dos sabíamos exactamente a qué había venido — y ninguno alargó la mano hacia el interruptor de la luz.
Estaba tirado en el sofá, el móvil como un peso muerto en la mano. Eran más de las dos de la madrugada y sabía que debería estar dormido, pero llevaba veinte minutos mirando el mismo mensaje sin enviar. Iba dirigido a Laura, mi vecina de al lado. Nos habíamos cruzado unas cuantas veces en el rellano, pero nunca habíamos pasado de un hola amable.
«No puedo dormir», decía. «Si estás despierta, vente a tomar una copa de vino». Lo releí una vez más, me dije que era una idea pésima y lo mandé igualmente. Los vecinos no se escriben a las dos de la mañana para tomar algo. Los tres puntitos aparecieron casi al instante.
«Voy para allá 😘» El emoji del beso me dio un vuelco al corazón.
A los pocos minutos sonaron unos golpecitos suaves en la puerta. Abrí y allí estaba Laura, con una bata de seda que apenas le cubría las curvas. Llevaba el pelo revuelto y los ojos le brillaban con picardía.
—Hola —ronroneó, pasando por delante de mí hacia el piso a oscuras—. Suerte que estaba despierta…
Cerré la puerta y la miré mientras se dirigía contoneándose hacia mi botellero. Con ella de espaldas, dejé que la mirada le recorriera el cuerpo, apenas velado por aquella tela ligerísima. Cómo se movía, el vaivén de sus caderas, la curva de su culo… Sentí que la polla empezaba a endurecerse dentro del pantalón de chándal.
—¿Qué te apetece? —preguntó Laura, girándose hacia mí con una botella de tinto. Me sostuvo la mirada un momento largo, con los ojos ardiendo—. Espero que este te guste…
Tragué saliva, con la boca de pronto seca.
—Es perfecto —conseguí decir, acercándome un paso—. Pero el vino no es la razón por la que estás aquí, ¿verdad?
Sonrió despacio y dejó la botella en la encimera.
—Puede que no —admitió, con la voz baja y entrecortada—. Te veo por aquí y no consigo dejar de pensar en ti. En cómo sería estar contigo…
Alargué la mano hacia ella por instinto, encontrando las solapas de seda de la bata. Tiré de ella hasta sentir el calor de su cuerpo a través de la tela fina. Se mordió el labio y se arqueó contra mí, apoyándome las manos en el pecho.
—Te deseo —me oí decir, con los labios a un suspiro de los suyos—. Yo tampoco puedo dejar de pensar en ti.
—Pues tómame —susurró Laura, salvando la distancia y estampando su boca contra la mía en un beso abrasador. Le bajé las manos hasta las caderas mientras profundizaba el beso, con la lengua hundiéndose en el calor húmedo de su boca. Sabía a vino y a pecado, y no me saciaba.
Retrocedimos hasta que la parte de atrás de mis piernas chocó con el sofá. Me senté de golpe y tiré de ella hasta que quedó a horcajadas sobre mí. Se restregó contra el bulto creciente del chándal, con el pubis cubierto por las bragas deslizándose a lo largo de mi